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Cuándo las saunas son peligrosas y cómo utilizarlas adecuadamente

Todos nos hemos preguntado en algún que otro momento qué le pasaría a nuestro cuerpo si nos quedásemos en una sauna más tiempo del recomendado. Advertimos: nada bueno. Es una historia de pesadilla (de hecho ya se han hecho películas de terror al respecto) y, por desgracia, un riesgo real que puede ocurrirnos si no tomamos las precauciones adecuadas. Sin ir más lejos, el pasado domingo una madre y su hija, de 65 y 45 años respectivamente, fallecieron al quedarse encerradas durante 90 minutos.
El suceso tuvo lugar en la localidad de Jicin, en la República Checa. El dueño de la sauna comenzó a sospechar debido al tiempo que había pasado desde que las dos mujeres entraron; pero cuando llegó, ya era demasiado tarde. Al parecer, el pomo de la puerta se cayó y una de las mujeres trató sin éxito romper una ventana para intentar disipar el calor de la sauna.
Una práctica milenaria
El interés por la sudoración viene de lejos. Casi todas las culturas han utilizado a su manera el calor para la relajación, la terapia o el ritual: desde las casas de sudor de los mayas, las termas romanas y los baños turcos hasta los jacuzzis modernos. Sin embargo, la técnica más popular -y caliente- que hoy aún perdura es la sauna, arraigada profundamente en la cultura finlandesa, donde es toda una institución.
La temperatura puede llegar hasta los 85ºC y se recomienda no permanecer más de 20 minutos en el interior de la sauna
Finlandia, con 5,5 millones de personas, tiene tantas saunas como televisores, alrededor de unos 3,3 millones. De hecho, los finlandeses pasan más tiempo en la sauna que haciendo ejercicio: casi un tercio de la población adulta acude regularmente a su cita con los baños de vapor. Esta tradición nacida hace unos 2.000 años ha ido expandiéndose y copando poco a poco nuestros spas, gimnasios y centros de salud. No obstante, la popularidad es una cosa, y la seguridad, otra.
¿Son de verdad buenas para nuestra salud?
Una sauna moderna no es más que una sencilla habitación sin pintar con paredes y bancos hechos de madera, para que las altas temperaturas se conserven mejor: desde los 32 hasta los 85ºC (el máximo recomendado). El recinto se calienta con una estufa eléctrica cubierta de piedras que, a su vez, produce vapor al echar agua sobre ellas. Al contrario que los baños turcos, las saunas son muy secas y cuentan con una humedad entre el 3 y el 20%, consiguiendo así un bochorno aún mayor.
Es bien sabido que los baños de vapor a alta temperatura tienen un efecto purificador para el cuerpo (se limpian las vías respiratorias y se activa la circulación sanguínea) y son una experiencia de relajación para los cinco sentidos. Sin embargo, todo tiene un límite: los asiduos a los baños secos permanecen dentro por períodos de entre cinco y 20 minutos. Nunca más del límite recomendado. Y quizá, después de un rato de descanso y algún que otro vaso de agua, vuelvan para una segunda tanda.
En cualquier caso, y sin llegar a extremos, el calor seco tiene fuertes efectos en el cuerpo. En este caso, el sudor se evapora tan rápido que la mayoría de la gente no se da cuenta de lo mucho que se transpira. La temperatura de la piel se eleva a 40 grados en cuestión de minutos, y la interior suele superar los 37,5.
En el año 2005 el doctor Harvey Simon, editor de la revista ‘Harvard’s Health’, aseguró que “las saunas son seguras para el cuerpo, pero hay pocas pruebas de que tengan beneficios para la salud más allá de la relajación y una sensación de bienestar”. Por aquel entonces, se recomendaba a los pacientes con problemas de corazón mantenerse alejados de la sauna. Debido al calor, la frecuencia del pulso aumenta en un 30% y permite que el corazón casi duplique la cantidad de sangre que bombea cada minuto. Es decir, mientras estás sentado en un banco, tu corazón actúa como si estuvieses subiendo el Tourmalet.
Sin embargo, diez años más tarde, un estudio finlandés -cómo no- asegura que cualquier persona con un alto riesgo cardiovascular debería aficionarse a esto de las saunas. Los resultados de la investigación, publicada de la revista ‘JAMA of Internal Medicine’, no solo pusieron de manifiesto que la práctica reduce el riesgo de sufrir una muerte súbita cardíaca, una enfermedad coronaria fatal o cardiovascular, sino que, además, el riesgo es menor cuantos más baños de vapor se reciban.
“Claramente, el tiempo que se pasa en la sauna es bien invertido”, asegura Rita F. Redberg, cardióloga y directora del estudio. Cierto, siempre y cuando se tomen las prevenciones convenientes.

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